El escritor Manuel Capitán Cianuro y la periodista Lidia Fagale
Historias de jazmines, guitarras y libros
Agencia La Oreja Que Piensa. Por Lidia Fagale (*)
Estaba inquieta, preocupada. Marzo siempre fue un mes que me gustó desde niña. Comenzaba la escuela y aún tengo presente el aroma de la madera de los lápices y de las hojas del cuaderno Rivadavia, cuyos renglones perfectos me orientaban mejor, porque mi mano izquierda no estaba entrenada para escribir sin arrastrar la tinta ni adoptar la extraña posición obligada en un mundo hecho para diestros.
Era marzo de 1976, preludio de una obra de terror. El golpe militar ya se había asomado con persecuciones, desapariciones, secuestros y exilios. La Alianza Anticomunista Argentina había iniciado su guerra y el clima de miedo crecía.
Mis amigos y compañeros de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, donde cursaba Periodismo, eran per seguidos y la intervención militar a las universidades era inminente.
El día anterior, marzo se me desmoronó en Plaza Constitución cuando miré de reojo los titulares de los diarios vespertinos, después de regresar de un trabajo en una dependencia estatal donde me castigaban “por zurda”.
El sello del miedo y de la muerte se estampó en mi cuerpo. Eran tiempos de peñas y guitarreadas, cuando la música de protesta del rock nacional alimentaba nuestras utopías, el amor, la amistad y la bronca social.
En casa, mi madre, buena cocinera, discutía de política con los amigos de Verónica y Tato, mis hermanos mayores, y con los míos.
Dibe, la menor, se dedicaba a la poesía; amaba tanto las palabras que interrumpía las conversaciones para obligarnos a adivinar significados tomados al azar de la Enciclopedia Peuser. Era la época de Titanes en el Ring, y mi hermano y Dibe se cruzaban en divertidas peleas que imitaban los movimientos de los luchadores en el garaje de casa.
Mamá servía papas fritas para todos, sostenía la casa tras la muerte de papá y recibía a nuestros amigos. Muchos de ellos vivían entre guitarras, bombos legüeros y fusiles, convencidos de la lucha armada como camino hacia un mundo mejor.
Otros solo soñaban con un país más justo y solidario. A fines de 1975 habían asesinado al Negro Benegas, compañero de secundaria de mi hermana Verónica y amigo de peñas. Con él pasé de obtener un segundo premio a ganar el primero en un concurso de canto; su voz grave combinaba con la mía.
En el Winco que mi madre había comprado para escuchar a los Beatles resonaba la Cantata de Santa María de Iquique. El golpe que derrocó a Salvador Allende nos había llevado a marchar por las calles de Buenos Aires en 1973, y también recibimos a los exiliados, algunos de los cuales fueron mis profesores.
Antes de marzo de 1976, el peligro acechaba en cada es quina. Raúl, amigo de mi hermano, se convirtió en Manolo y eligió la lucha; fue asesinado en un supuesto enfrentamiento. Mano, músico y compositor, se exilió y a su regreso en democracia lo alcanzó la muerte.
Gregorio Sember, “Guyo”, había salvado mi cumpleaños de 15 al traer un tocadiscos a pilas en medio de un apagón; años después fue secuestrado y fusilado. Sus huesos aparecieron en una fosa común e inhumados dignamente. Lito, su hermano, partió al exilio.
En casa, mamá nos protegía anticipándonos lo que iba a venir. Las razias casa por casa se volvían rutina y los libros sobre la mesa eran una provocación para la ignorancia y la brutalidad.
Ya instalados en el golpe, el terrorismo de Estado operaba con campos de concentración, detenciones y torturas.
Apareció el amor con David, un fotógrafo suizo de paso por Latinoamérica, que me ofreció irme del país. No lo hice. Solo mis mejores libros viajaron a Lausana, como Las venas abiertas de América Latina, de Galeano.
Un día llegó Laura, estudiante de Bellas Artes y novia de mi hermano. La recuerdo inteligente, libre, con su corte de pelo a la francesa. Está desaparecida.
De ella queda solo una escultura escondida entre matorrales de la Cárcova, descubierta mucho después. También se llevaron a Osvaldo, compañero de la secundaria. Conversábamos en el murito de mi casa bajo el jazmín. El jazmín quedó; las charlas se esfumaron. Su madre, Rosita, se convirtió en Madre de Plaza de Mayo. Su novia, también Rosita, quedó en la larga lista de desaparecidos.
Por ese tiempo, la canción Rasguña las piedras cobraba otro sentido: un llamado a despertar conciencias. Era marzo, el cielo diáfano, y yo llegaba a Plaza Constitución. El tren Roca no estaba electrificado y viajábamos como sardinas. Compré La Razón y me paralicé. Era el golpe. La gente apurada parecía escapar de la realidad.
Videla bautizó la dictadura como Proceso de Reorganización Nacional. Renuncié a mi trabajo por las amenazas de un empleado que me decía que aparecería en un zanjón. La Universidad se había vuelto una cacería.
Para la inscripción exigieron fotos carnet y datos precisos: buscaban identificarnos. Detuvieron a Mónica, la Turca, mi amiga, y a decenas de compañeros. Muchos siguen desapa recidos.
Una carta clandestina me avisó que me clasificaban como “amiga de subversivos”. Dejé la Universidad para re tomarla años después. En mi casa, los libros abundaban: los de mi abuelo anarquista, los de mi madre socialista, los de Sartre, Simone de Beauvoir, Palacios, Camus, Duras, los de mis hermanos estudiantes.
A Tato lo detuvieron porque llevaba planos de bombas hidráulicas que la policía confundió con explosivos. Mi madre irrumpió en la comisaría y, por azar de un asalto cercano, liberaron a Tato.
El Turco Beto, compañero de mi hermano, sobrevivió a la ofensiva con el cuerpo marcado, pero con las ideas intactas. Sabíamos que la figura del desaparecido era clave para disciplinar al pueblo. Habíamos leído a Fanon sobre Argelia, a Marx, El arte de la guerra, pero también cuentos infantiles.
Siempre me quedaron imágenes mezcladas con música y perfumes: el Altai de las maestras, el Vites de los varones impregnando las guitarras.
Era época de ceibos, peonias y pensamientos; veíamos en blanco y negro el levantamiento de Soweto contra el apartheid. El VHS recién aparecía. En China, el terremoto dejó más de 200.000 muertos.
La junta militar repetía que éramos “derechos y humanos” mientras descubrimientos científicos hablaban de Marte o del teorema de los cuatro colores.
Dos años después, el Mundial de 1978 quiso ocultar los crímenes, pero no apagó denuncias ni la pasión futbolera. Sé que la memoria es una construcción ideológica y por eso me prohibí olvidar. Así se reconoce mejor el fascismo que aún infecta al mundo.
Encontré un aviso en el diario La Opinión, ya golpeado por atentados, y entré a Canal Once. Ser mujer universitaria y delegada gremial me llevó a resistir.
Con otros, destruimos videos de inteligencia, nos negamos a redactar partes falsos de supuestos enfrentamientos que eran asesinatos, rechazamos los comunicados triunfalistas sobre Malvinas, declarada por Galtieri ebria mientras torturaban soldados argentinos.
Crecí, pero los sueños que conocí no envejecieron. Aún me persiguen junto al jazmín de casa, en los escenarios donde canté Canción con todos, en los artículos que no me dejaron escribir y en los que sí pude escribir con rabia y memoria.
Mis años en el gremio de Prensa me dieron autonomía frente a crisis democráticas, pero sin renunciar a un horizonte liberador.
Era marzo, cielo diáfano, sin lápices ni cuadernos Rivadavia, sin papá ni las papas fritas de mamá, pero con las imágenes de la poesía de mi hermana recordándome que uno puede crear el mundo que desea. Nada es pura abstracción. Mi vida estuvo atravesada por la rabia de la injusticia y el dolor por los ausentes.
Para ellos guardo toda la memoria del mundo. Porque no hay peor tumba que el olvido. Se llamó y se llama Terrorismo de Estado. Y para mí, todos los días son 24 de marzo.
(*) Licenciada en Periodismo. Ex secretaria general de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires. Primera presidenta Pro tempore de la Plataforma de Organizaciones Internacionales de Periodistas del Belt and Road, fundada en 2019, Beijing, China. Miembro de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP). Actualmente se desempeña como directora Periodística y Conductora del programa de radio Clave China y del portal www.clavechinanoticias.com
Este escrito forma parte del libro “50 años del golpe militar en argentina”, que reúne 24 testimonios presentado recientemente en Buenos Aires por su autor: Manuel Capital Cianuro.